Somos la suma de cuatro hospitales: el General, el Infantil, el de la Mujer y el de Traumatología, Rehabilitación y Quemados. Estamos ubicados en el Vall d'Hebron Barcelona Hospital Campus, un parque sanitario de referencia internacional donde la asistencia es una rama imprescindible.
El paciente es el centro y el eje de nuestro sistema. Somos profesionales comprometidos con una asistencia de calidad y nuestra estructura organizativa rompe las fronteras tradicionales entre los servicios y los colectivos profesionales, con un modelo exclusivo de áreas de conocimiento.
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La apuesta por la innovación nos permite estar en vanguardia de la medicina, proporcionando una asistencia de primer nivel y adaptada a las necesidades cambiantes de cada paciente.
El virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) es un retrovirus, formado por dos copias de RNA de cadena única rodeado de una cápside. Se transmite por la sangre, por secreciones genitales (sexo sin protección) o de la madre al feto durante el embarazo o en el momento del parto o a través de la lactancia (en caso de que la madre no tenga la infección controlada).
El VIH infecta a un determinado tipo de defensas del organismo, los linfocitos CD4+. Con el tiempo la cifra de linfocitos va disminuyendo y aumenta el riesgo de sufrir determinadas infecciones por microorganismos (bacterias, virus, hongos y parásitos) que habitualmente no dan problemas cuando el sistema inmunitario funciona correctamente; es lo que se conoce como infecciones oportunistas. Además, el virus infecta otras células del organismo y queda en estado latente en localizaciones como pueden ser los ganglios linfáticos, la mucosa intestinal u otros. Este virus latente es conocido como reservorio viral y es uno de los principales impedimentos para la curación de esta infección.
El VIH NO se transmite por otras vías, como podrían ser objetos, insectos o contacto físico sin compartir sangre o secreciones. El VIH se puede prevenir utilizando preservativo en las relaciones sexuales y evitando compartir material que pueda contener sangre infectada.
El síndrome de inmunodeficiencia adquirido (SIDA) se define cuando las cifras de CD4+ bajan por debajo de 200 células/μl o si aparece alguna de las enfermedades (infecciones o neoplasias) que definen este síndrome. Por este motivo, y también para evitar nuevos contagios, es muy importante el diagnóstico precoz de la infección. Toda persona que haya tenido alguna situación de riesgo tendría que hacerse una serología ante el VIH (y otras enfermedades de transmisión sexual), independientemente de que presente síntomas o no. El hecho de sufrir alguna otra enfermedad de transmisión sexual aumenta el riesgo de adquirir y transmitir el VIH.
La infección aguda por el VIH se puede manifestar de forma inespecífica, como cualquier otra infección vírica como podría ser una gripe (fiebre, malestar general, erupción cutánea, aumento de tamaño de los ganglios, dolor en las articulaciones o al tragar, cansancio...) o puede ser completamente asintomática.
Una vez cronificada la infección, pasa un tiempo variable en que el paciente puede estar completamente asintomático, pero durante el cual se puede transmitir la infección. A medida que bajan las defensas (CD4+) puede aparecer clínica relacionada con las patologías asociadas, ya sean infecciones o neoplasias, que pueden afectar a diferentes órganos/sistemas.
Toda persona sexualmente activa tiene el riesgo potencial de infectarse por VIH si desconoce el estado de salud de la persona con quien mantiene relaciones sexuales y no toma alguna de las precauciones siguientes: el uso del preservativo o la profilaxis preexposición (PrEP: tomar una combinación de dos fármacos antirretrovirales sin tener la infección por VIH con el fin de prevenirla en caso de que se entre en contacto con el virus). Afortunadamente, la transmisión por otras vías como la sanguínea o la maternofetal ha disminuido significativamente en nuestro medio, gracias a programas de reducción de daños o el cribado del VIH en embarazadas y donantes de sangre y órganos, entre otras medidas.
El diagnóstico del VIH se realiza en el laboratorio mediante la detección de anticuerpos que el paciente crea contra el virus (pero que no sirven para neutralizar el virus y curar la infección y que quedan positivos de por vida como un marcador de la infección) y la detección directa de partes del VIH, sea antígenos del virus o la determinación del número de partículas de VIH que están circulando por la sangre (carga viral). Se debe tener en cuenta que desde el momento en que el virus entra en el organismo y se detectan estos antígenos/anticuerpos pasa un periodo de tiempo en que todas las pruebas son negativas, que se conoce como periodo ventana. Con las nuevas técnicas actuales, este periodo se ha reducido a 2-3 semanas después de la infección.
Hoy en día se recomienda iniciar el tratamiento antirretroviral a todos los pacientes con infección por VIH, independientemente de la cifra de CD4+ o de la carga viral. La única excepción serían los controladores de élite, que son personas que mantienen la carga viral indetectable sin tratamiento. En el resto de personas infectadas se empieza el tratamiento tan pronto como el paciente está preparado para recibirlo y se tiene la información necesaria para escoger la mejor opción posible en cada caso. Un tratamiento efectivo tiene que hacer que la carga viral sea indetectable, pero no consigue eliminar el VIH del organismo. De este modo se logra preservar/recuperar el sistema inmunitario y reducir la posibilidad de nuevas infecciones. De hecho, cuando el virus está indetectable en sangre gracias al tratamiento antirretroviral no se transmite la infección a otras personas (indetectable = intransmisible).
Existen fármacos de diferentes familias que actúan en diferentes puntos del ciclo de vida del VIH, frenando su replicación dentro del organismo. Así tenemos los inhibidores de la transcriptasa inversa análogos y no análogos de nucleósidos, los inhibidores de la integrasa, los inhibidores de la proteasa y los inhibidores de la entrada.
Actualmente, el tratamiento antirretroviral es en forma de pastillas o en forma de fármacos inyectables de acción prolongada. El tratamiento estándar es una combinación de 2 o 3 fármacos diferentes, que a menudo pueden estar coformulados en dos o un solo comprimido. En estos momentos el tratamiento antirretroviral es de por vida, ya que si el paciente abandona el tratamiento, el VIH latente en los reservorios se activará y volverá a multiplicarse. En función de los fármacos que se estén tomando habrá que vigilar la posibilidad de interacciones con otros medicamentos que reciba el paciente y puede ser necesario un seguimiento analítico o exploraciones específicas para determinados fármacos.
La infección por VIH se ha convertido actualmente en una enfermedad crónica y, con el tratamiento actual, la gente diagnosticada hoy día tiene una esperanza de vida similar a la población general. Si la persona con infección por VIH realiza correctamente los controles y toma la medicación antirretroviral puede hacer una vida completamente normal, y eso incluye tener hijos sin transmitirles la infección. Para el control de la infección se programan visitas rutinarias, habitualmente cada 3-6 meses, en las que a través de una analítica de sangre se mide la cifra de defensas (linfocitos CD4+) y la carga viral.
En esta analítica se miden también otros parámetros para tener controladas otras patologías que el paciente pudiera tener (hemograma, función renal, hepática, lípidos). Además, es posible que se hagan una serie de exploraciones complementarias específicas, como detección sistemática de enfermedades de transmisión sexual, cribado de ciertas neoplasias (cérvix, ano), de patología ósea... En las personas viviendo con VIH también pueden estar indicadas ciertas medidas preventivas como por ejemplo la vacunación contra la gripe o la enfermedad invasiva por neumococo.
La inflamación que provoca la replicación del virus en el organismo también aumenta el riesgo de sufrir enfermedades que encontramos en la población general, como por ejemplo patología cardiovascular, hepática, renal, neurológica o ciertos cánceres, pudiendo aparecer con más severidad o a edades más tempranas. Por este motivo es muy importante que las personas viviendo con VIH controlen los factores de riesgo convencionales y tengan unos hábitos de vida saludables.
Como enfermedad de transmisión sexual, el VIH se beneficia de la detección precoz y del uso de métodos de protección de barrera durante las relaciones sexuales, básicamente el preservativo masculino o femenino. Como ya se ha comentado, en los últimos años se ha estudiado el uso de la PrEP como estrategia preventiva. Esta estrategia ha demostrado una alta eficacia para evitar la infección por el VIH, pero al contrario que el uso del preservativo, tiene el inconveniente de que no protege ante otras infecciones de transmisión sexual.
En caso de la potencial exposición al VIH, se puede realizar también la profilaxis posexposición (PPE), que consiste en administrar una pauta de 3 fármacos antirretrovirales durante 28 días, pero se tiene que iniciar dentro de las primeras 72 horas tras la exposición al virus.
La infección de orina es la presencia de bacterias en las vías urinarias, que normalmente son estériles. Puede afectar a las vías bajas (vejiga o uretra) o a los riñones, en cuyo caso se denomina pielonefritis. Los síntomas más frecuentes son dolor al orinar, necesidad de orinar con frecuencia o fiebre. El tratamiento suele ser antibiótico.
La infección urinaria de vías bajas se caracteriza por dolor local que aumenta al orinar y, en ocasiones, por emisión de orina a veces turbia, a veces oscura, generalmente sin fiebre.
La infección urinaria de vías altas (pielonefritis) se caracteriza por fiebre alta, dolor local intenso en la región lumbar y dolor o molestias al orinar.
La infección urinaria se caracteriza por dolor local (parte baja del abdomen o zona lumbar) que aumenta al orinar, con emisión de orina muchas veces turbia o, si contiene eritrocitos, de color oscuro.
Puede presentarse fiebre alta, especialmente si se trata de una pielonefritis (infección urinaria de vías altas).
Puede afectar a todas las edades, desde la infancia hasta la vejez. Es algo más frecuente en mujeres, y existen factores que la favorecen (embarazo en mujeres o aumento del tamaño de la próstata en hombres), así como anomalías urológicas (malformación preexistente o presencia de litiasis renal).
El diagnóstico se realiza mediante examen del sedimento urinario para detectar leucocitos y/o bacterias, y mediante cultivo microbiológico para identificar el germen causante y determinar el antibiótico más adecuado (antibiograma).
El tratamiento de la infección urinaria suele ser antibiótico. En infecciones bajas se administra generalmente por vía oral. En infecciones altas (pielonefritis) se administra habitualmente por vía intravenosa, aunque en algunos casos puede realizarse tratamiento ambulatorio por vía oral.
Las pruebas habituales incluyen sedimento y cultivo de orina (urocultivo con antibiograma). Puede estar indicada una ecografía para evaluar los riñones y vías urinarias y detectar obstrucciones o litiasis que hayan favorecido la infección.
La ecografía también permite evaluar el estado de los riñones. También puede ser indicada una analítica general para valorar la repercusión de la infección urinaria en el organismo y, específicamente, en la función renal.
La infección urinaria se previene con micciones frecuentes (cada 2-3 horas) y, sobre todo, evitando retener la orina; es importante ir al baño al notar la sensación de vejiga llena, sin esperar demasiado tiempo.
La neumonía es una infección del tejido pulmonar. Puede ser producida por muchos microorganismos diferentes aunque los más frecuentes son S. pneumoniae (neumococo) y Mycoplasma. Otros microroganismos que también pueden causar neumonía son Haemophilus, Klebsiella, Staphylococcus aureus, Legionella pneumophila, Chlamydia pneumoniae y algunos virus
Se caracterizan por fiebre alta, tos, con o sin espectoración, y en muchas ocasiones dolor en el tórax, que puede aumentar con los movimientos respiratorios. A veces la expectoración tiene aspecto marronáceo o herrumbroso, situación que orienta a neumonía causada por neumococo.
La denominada neumonía atípica, causada por Mycoplasma o Chlamidia entre otros, se caracteriza muchas veces por presentar fiebre con poca sintomatología respiratoria.
Según su extensión, en el aparato respiratorio distinguimos diferentes tipos de neumonía:
La neumonía es una enfermedad muy frecuente (350.000 casos/año en España) y es una causa significativa de mortalidad en la población general. Puede afectar a todos los grupos de edad.
En la persona previamente sana constituye una enfermedad de gravedad leve o moderada, susceptible incluso de tratamiento domiciliario o ambulatorio, pero en pacientes con patología previa (inmunodeprimidos, insuficiencia cardíaca, insuficiencia respiratoria previa) es generalmente grave.
El uso apropiado de antibióticos, junto con medidas en ocasiones de soporte respiratorio (oxigenoterapia o incluso intubación), contribuyen significativamente a mejorar las posibilidades de curación en los casos más graves.
Se realiza basándonos en la historia clínica del paciente (edad, patología previa, tiempo de evolución y tipo de los síntomas), auscultación, radiografía de tórax, y práctica de cultivos de sangre y esputo para identificar el organismo causante.
También pueden detectarse antígenos en orina para neumococo y Legionella.
El tratamiento es antibiótico, basado en una estimación clínica de la posibilidad de tratarse de uno u otro germen (en muchas ocasiones se inicia inmediatamente el tratamiento sin conocer el organismo causal), para posteriormente mantenerlo o modificarlo de acuerdo con los cultivos y la evolución del paciente.
El criterio de hacer un tratamiento hospitalario o ambulatorio depende de la estimación de las circunstancias de riesgo que puedan concurrir (edad avanzada, patología previa, afectación de la función respiratoria).
En un paciente previamente sano, el tratamiento puede ser ambulatorio.
Radiografía de tórax , cultivos de sangre y de esputo o secreciones respiratorias y determinación de antígenos en orina.
La endocarditis infecciosa supone la presencia de una infección microbiana en la superficie endocárdica (la capa interna del corazón). Se trata de la infección cardiovascular más frecuente y es muy importante debido a su potencial gravedad y a que puede presentarse de diferentes formas clínicas.
La endocarditis infecciosa afecta principalmente a las válvulas cardíacas, ya sean naturales o artificiales, aunque en ocasiones puede producirse en otras estructuras del corazón. Se clasifica según el tiempo de evolución de la infección (días, semanas o meses) y según el tipo de microorganismo causante (bacterias, levaduras, hongos).
La lesión característica de la endocarditis infecciosa es la vegetación endocárdica, formada por un agregado anómalo de plaquetas, fibrina, bacterias y células inflamatorias que se adhiere a la superficie interna del corazón, generalmente en una válvula cardíaca. Esta vegetación puede desprenderse y causar embolia infecciosa en órganos distantes, como la piel, el sistema nervioso o las extremidades.
Se considera una enfermedad grave y, aunque la mayoría de los casos se curan, existe un riesgo significativo de complicaciones y mortalidad. En muchos casos, para una curación definitiva, es necesario realizar cirugía para eliminar los tejidos afectados y colocar una nueva válvula cardíaca artificial.
En su forma más aguda, la endocarditis infecciosa puede producir fiebre alta, escalofríos, prostración y deterioro general del estado de salud en pocas horas o días.
En formas subagudas, con evolución de semanas o meses, predominan cansancio, falta de apetito y fiebre poco significativa. En estos casos, también pueden aparecer manifestaciones infecciosas en la piel, como nódulos o manchas características, aunque no siempre se presentan.
En pacientes con grave afectación valvular, puede desarrollarse insuficiencia cardíaca, con síntomas como dificultad respiratoria importante y aparición de edemas en las extremidades inferiores.
La endocarditis infecciosa tiene una incidencia global de 2-3 casos por cada 100.000 habitantes/año. En Cataluña se estiman unos 200 nuevos casos anuales. Sin embargo, su incidencia aumenta con la edad, alcanzando 15-30 casos por cada 100.000 habitantes/año en mayores de 65 años, es decir, 10 veces superior a la de la población más joven.
La causa de la endocarditis infecciosa ha cambiado en las últimas décadas. Antes, el estreptococo viridans era el agente causal más frecuente. Actualmente, los más comunes son estafilococos, seguidos de estreptococos y enterococos. No obstante, cualquier microorganismo presente en sangre puede adherirse a una válvula cardíaca, especialmente si esta tiene lesiones previas o es artificial.
El diagnóstico de la endocarditis infecciosa se basa principalmente en:
Hemocultivos: permiten identificar el microorganismo causante y seleccionar el antibiótico específico más adecuado.
Ecocardiografía: localiza las vegetaciones endocárdicas, evalúa la función de la válvula afectada y ayuda a determinar la necesidad de cirugía.
En algunos casos, pueden realizarse otras exploraciones (TAC, gammagrafías) para descartar embolia periférica, frecuente al momento del diagnóstico o durante el tratamiento.
El tratamiento es antibiótico, dirigido específicamente al microorganismo causante. Las dosis son altas y prolongadas, ya que las vegetaciones tienen escasa vascularización y el antibiótico debe penetrar por difusión desde la sangre.
En pacientes que no responden adecuadamente o que presentan daños valvulares significativos, puede ser necesaria la cirugía de recambio valvular.
Hemocultivos y ecocardiografías, tanto al momento del diagnóstico como para monitorizar la evolución de la enfermedad.
En personas con alteraciones valvulares conocidas, se recomienda profilaxis antibiótica antes de intervenciones dentales o en las encías, siguiendo indicación médica.
También se deben tomar medidas preventivas durante endoscopias, especialmente digestivas altas (gastroscopia), según la pauta que indique el médico.
Esta prevención es crucial, ya que la presencia de bacterias en sangre como consecuencia de estas intervenciones aumenta significativamente el riesgo de endocarditis infecciosa.
La tuberculosis es una infección causada por la bacteria Mycobacterium tuberculosis, que afecta principalmente los pulmones y se transmite por vía aérea. Los síntomas más comunes son tos, fiebre, sudoración nocturna y pérdida de peso. Se diagnostica con pruebas clínicas, de imagen y microbiológicas. El tratamiento es largo (mínimo seis meses) con combinación de fármacos y es curable si se sigue correctamente.
Enfermedad infecciosa causada por el microorganismo Mycobacterium tuberculosis, que afecta principalmente al sistema respiratorio y requiere un tratamiento prolongado y sin interrupciones para lograr la curación. Si se interrumpe, pueden aparecer resistencias a los fármacos, lo que dificulta la recuperación.
El reservorio de Mycobacterium tuberculosis es el ser humano y, en general, la enfermedad se transmite por vía aérea. El contagio ocurre tras una convivencia cercana con una persona con tuberculosis pulmonar. Es importante destacar que se trata de una enfermedad tratamiento efectivo, curable y erradicable, lo que significa que podría desaparecer de la población mundial.
Sin embargo, actualmente es la primera causa de muerte por enfermedades infecciosas del mundo. Factores tales como las resistencias a los fármacos de primera línea o coinfecciones, dificultan el tratamiento de la enfermedad y aumentan su mortalidad.
Los síntomas de la tuberculosis dependen del órgano al que afecte. En el caso de la afectación pulmonar, los síntomas más frecuentes son tos con expectoración, fiebre, pérdida de peso, y sudoración nocturna. Se debe considerar el diagnóstico de tuberculosis cuando estos síntomas duran más de 3-4 semanas.
Puede afectar a cualquier persona si ha estado en contacto con pacientes afectados.
La tuberculosis se diagnostica de acuerdo a la sintomatología de los pacientes, los hallazgos de la exploración física y los resultados de las pruebas complementárias. Las pruebas microbiológicas constituyen un pilar básico para el diagnóstico. Entre ellas tenemos el cultivo de micobacterias, técnicas microscópicas y pruebas de biología molecular. Los pacientes tienen un diagnóstico confirmado cuando las pruebas microbiologicas son positivas, en caso contrario tienen diagnóstico probable.
Se realiza mediante una asociación de fármacos para evitar la aparición de resistencias. La duración del tratamiento es larga (mínimo sies meses) porque muchos fármacos actúan sobre las bacterias en división y este microorganismo es de crecimiento lento. A ser posible se administran todas las pastillas en una sola toma al dia para facilitar el cumplimiento del tratamiento.
Son la radiografia de tórax , analítica general, cultivos de muestras biológicas.
No existen medidas de prevención específicas para evitar la infección.
El herpes oral es una infección en la zona de los labios, la boca o las encías causada por el virus del herpes simple (VHS-1) que se manifiesta en forma de ampollas pequeñas y dolorosas que denominamos calenturas o herpes labial en lenguaje común. La infección por herpes simple es muy contagiosa, frecuente y endémica en el mundo. Normalmente se adquiere en la infancia y dura toda la vida.
El herpes causado por el virus VHS-1 se transmite por el contacto boca a boca o por el contacto con úlceras, saliva y zona bucolabial. Aun así, también se puede transmitir en la zona genital, hecho que provoca el llamado herpes genital.
Aunque no es muy común, se puede transmitir de una madre infectada al recién nacido durante el parto.
Habitualmente, la infección por herpes labial es asintomática y la mayor parte de las personas infectadas no saben que lo están. Cuando se manifiesta, aparecen vesículas o úlceras dolorosas en la boca o a su alrededor. Las personas que lo sufren notan una sensación de picazón, hormigueo o ardor en la zona afectada.
Después de una primera infección, las vesículas pueden reaparecer periódicamente, según cada persona.
Según datos de la OMS, el 67% de la población está infectada por el VHS-1.
El diagnóstico se hace por la clínica, es decir, el examen directo de los pacientes. En caso de duda, el especialista puede solicitar la realización de un cultivo virológico de las vesículas en la fase inicial de la enfermedad para confirmarla.
Los medicamentos antivíricos, como el aciclovir, el famciclovir y el valaciclovir, son los más eficaces para tratar a las personas afectadas por el VHS-1. Aun así, aunque reducen la intensidad y la frecuencia de los síntomas, no curan la infección.
El concepto de infecciones osteoarticulares resistentes engloba todas las intervenciones hechas a pacientes con infecciones resistentes al tratamiento médico y quirúrgico previo. Estas intervenciones pueden ser recambios de prótesis, osteomielitis crónicas, pseudoartrosis sépticas, entre otras.
Los diferentes tipos de infecciones osteoarticulares resistentes que se tratan son:
Osteomielitis/osteítis de origen hematógeno resistente al tratamiento médico y quirúrgico:
Osteomielitis crónicas o pseudoartrosis sépticas derivadas de traumatismos o intervenciones quirúrgicas. Las que se producen debido a fracturas abiertas, de forma característica la tibia, muchas veces aparecen acompañadas de pérdida ósea y/o de cobertura cutánea. No se sabe la incidencia exacta, pero cuanto más expuesto ha estado el hueso, más posibilidades tiene de infectarse de forma crónica.
Infecciones periprotésicas. Este tipo de infección se da en cerca de un 1% a un 3% de las artroplastias primarias realizadas. En muchas ocasiones, el único síntoma evidente es el dolor. La presencia de una fístula o el aislamiento de un microorganismo patógeno en diferentes muestras confirman el diagnóstico. El tratamiento más frecuente pasa por el recambio de la prótesis en dos intervenciones diferentes.
Infecciones de partes blandas graves (fascitis necrotizantes, gangrenas), resistentes al tratamiento. Estas lesiones son bastante raras y, cuando se producen, suelen ser mortales. Un dolor excesivo localizado puede ser el único síntoma inicial, lo que hace que sea muy difícil de diagnosticar en este estadio. Cuando se diagnostica y se aplica un tratamiento agresivo con antibióticos y desbridamientos quirúrgicos, se influye en la supervivencia y en la necesidad de amputaciones.
En la prevención de la infección osteoarticular son muy importantes los factores relacionados con el paciente (control de las comorbilidades), los relacionados con la intervención (profilaxis antibiótica), la presencia de implantes, el estado de los tejidos (hueso y cobertura cutánea), entre otros.
Este tipo de infecciones hace que se necesite un equipo multidisciplinar, ya que es un tratamiento muy complejo.
La enfermedad causada por el virus del Zika se contrae por la picadura de un mosquito infectado, tal como sucede también con el dengue, el chikungunya y la fiebre amarilla. Asimismo, se puede transmitir por vía sexual, las mujeres embarazadas lo pueden transmitir a sus hijos o por transfusión de sangre. En Europa no se han dado casos de infección por la picadura del mosquito, sino que todos han sido importados.
Es una enfermedad de corta duración, que se puede resolver sin complicaciones ni necesidad de hospitalización. No obstante, existe una relación entre esta infección y algunas patologías neurológicas. Además, las madres afectadas durante el embarazo pueden dar a luz a recién nacidos con microcefalia.
El periodo de incubación en el ser humano es de entre 3 y 12 días, con un máximo de 15. Aunque en muchas ocasiones no se presentan síntomas, cuando la enfermedad se manifiesta se caracteriza por:
Desde 2015, 71 países declararon que el virus del Zika se había transmitido a través del mosquito. Además, 13 más manifestaron que la enfermedad había llegado por otra vía, generalmente, la sexual.
En Europa la mayoría de los casos se han importado de países endémicos, principalmente de América Latina, pero también del sureste asiático. En Cataluña, a mediados de diciembre de 2016, se habían registrado 150 infecciones, entre las cuales había 32 gestantes.
Entre los siete y los primeros diez días de la enfermedad, el diagnóstico se realiza por medio de técnicas de biología molecular (RT.PCR) en sangre y orina, que permite detectar el virus.
Una vez pasado este periodo, el zika desaparece de la sangre y se detecta a través de los anticuerpos en el suero.
No existe un tratamiento específico para hacer frente a esta enfermedad. Generalmente, los síntomas desaparecen entre los tres y los siete días después de la infección, por eso se pueden suavizar con analgésicos y antitérmicos.
De momento, no existe ninguna vacuna para tratar este virus. Por lo tanto, la prevención se basa en evitar la picadura del mosquito en los países endémicos, así como tomar medidas de protección en las relaciones sexuales.
En el caso de Cataluña, el riesgo del virus se asocia con la llegada de viajeros infectados procedentes de los países endémicos. Aquí existe un protocolo de cribado en embarazadas y sus parejas, ya que son un colectivo sensible porque pueden transmitir el virus al feto.
La enfermedad del virus del Ébola (EVE) es una enfermedad infecciosa grave que tiene el origen en los animales salvajes. Está causada por un virus del género Ebolavirus (Filovirus), que se suele presentar en forma de brotes que tienen un porcentaje de mortalidad del 50%.
Los primeros síntomas son fiebre repentina, dolor muscular, debilidad, dolor de cabeza y dolor de garganta. Estos síntomas van seguidos de vómitos, diarrea, disfunción renal y hepática, erupciones cutáneas y hemorragias.
En la fase final de la enfermedad, los pacientes desarrollan un fallo multiorgánico que, en algunos casos, se supera durante la segunda semana de evolución y, en otros, provoca la muerte.
Es una enfermedad contagiosa cuando aparecen los síntomas.
Es una enfermedad frecuente en el África central y occidental. El brote más importante se produjo en el año 2014, con más de 11.000 fallecidos (Guinea, Liberia y Sierra Leona).
El periodo de incubación oscila entre los 2 y los 21 días.
En humanos se transmite con el contacto directo con la sangre y las secreciones corporales de las personas infectadas o con objetos contaminados con fluidos corporales de los pacientes. También se puede transmitir por contacto sexual hasta tres meses después del inicio de los síntomas.
Tener en cuenta el antecedente epidemiológico de viaje o el contacto con personas enfermas es fundamental. El diagnóstico definitivo se hace con pruebas de laboratorio en centros de referencia, en las que se detecta el ácido nucleico viral en muestras biológicas. Antes de establecer un diagnóstico de EVE hay que descartar otras enfermedades infecciosas como el paludismo, la fiebre tifoidea, el dengue o la meningitis.
Hasta ahora, no hay ningún tratamiento específico para combatirla. Se tiene que mantener una adecuada hidratación y presión arterial de los pacientes, así como otras medidas de soporte vital.
La prevención del ébola se basa en diferentes estrategias:
Actualmente, hay una vacuna en fase de autorización que ha mostrado unos resultados excelentes.
Actualmente, existen dos fármacos que sirven para tratar la enfermedad de Chagas: benznidazole y nifurtimox.
En caso de que se desarrolle una enfermedad cardíaca y/o digestiva, es necesario un tratamiento específico.
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