Somos la suma de cuatro hospitales: el General, el Infantil, el de la Mujer y el de Traumatología, Rehabilitación y Quemados. Estamos ubicados en el Vall d'Hebron Barcelona Hospital Campus, un parque sanitario de referencia internacional donde la asistencia es una rama imprescindible.
El paciente es el centro y el eje de nuestro sistema. Somos profesionales comprometidos con una asistencia de calidad y nuestra estructura organizativa rompe las fronteras tradicionales entre los servicios y los colectivos profesionales, con un modelo exclusivo de áreas de conocimiento.
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La apuesta por la innovación nos permite estar en vanguardia de la medicina, proporcionando una asistencia de primer nivel y adaptada a las necesidades cambiantes de cada paciente.
El virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) es un retrovirus, formado por dos copias de RNA de cadena única rodeado de una cápside. Se transmite por la sangre, por secreciones genitales (sexo sin protección) o de la madre al feto durante el embarazo o en el momento del parto o a través de la lactancia (en caso de que la madre no tenga la infección controlada).
El VIH infecta a un determinado tipo de defensas del organismo, los linfocitos CD4+. Con el tiempo la cifra de linfocitos va disminuyendo y aumenta el riesgo de sufrir determinadas infecciones por microorganismos (bacterias, virus, hongos y parásitos) que habitualmente no dan problemas cuando el sistema inmunitario funciona correctamente; es lo que se conoce como infecciones oportunistas. Además, el virus infecta otras células del organismo y queda en estado latente en localizaciones como pueden ser los ganglios linfáticos, la mucosa intestinal u otros. Este virus latente es conocido como reservorio viral y es uno de los principales impedimentos para la curación de esta infección.
El VIH NO se transmite por otras vías, como podrían ser objetos, insectos o contacto físico sin compartir sangre o secreciones. El VIH se puede prevenir utilizando preservativo en las relaciones sexuales y evitando compartir material que pueda contener sangre infectada.
El síndrome de inmunodeficiencia adquirido (SIDA) se define cuando las cifras de CD4+ bajan por debajo de 200 células/μl o si aparece alguna de las enfermedades (infecciones o neoplasias) que definen este síndrome. Por este motivo, y también para evitar nuevos contagios, es muy importante el diagnóstico precoz de la infección. Toda persona que haya tenido alguna situación de riesgo tendría que hacerse una serología ante el VIH (y otras enfermedades de transmisión sexual), independientemente de que presente síntomas o no. El hecho de sufrir alguna otra enfermedad de transmisión sexual aumenta el riesgo de adquirir y transmitir el VIH.
La infección aguda por el VIH se puede manifestar de forma inespecífica, como cualquier otra infección vírica como podría ser una gripe (fiebre, malestar general, erupción cutánea, aumento de tamaño de los ganglios, dolor en las articulaciones o al tragar, cansancio...) o puede ser completamente asintomática.
Una vez cronificada la infección, pasa un tiempo variable en que el paciente puede estar completamente asintomático, pero durante el cual se puede transmitir la infección. A medida que bajan las defensas (CD4+) puede aparecer clínica relacionada con las patologías asociadas, ya sean infecciones o neoplasias, que pueden afectar a diferentes órganos/sistemas.
Toda persona sexualmente activa tiene el riesgo potencial de infectarse por VIH si desconoce el estado de salud de la persona con quien mantiene relaciones sexuales y no toma alguna de las precauciones siguientes: el uso del preservativo o la profilaxis preexposición (PrEP: tomar una combinación de dos fármacos antirretrovirales sin tener la infección por VIH con el fin de prevenirla en caso de que se entre en contacto con el virus). Afortunadamente, la transmisión por otras vías como la sanguínea o la maternofetal ha disminuido significativamente en nuestro medio, gracias a programas de reducción de daños o el cribado del VIH en embarazadas y donantes de sangre y órganos, entre otras medidas.
El diagnóstico del VIH se realiza en el laboratorio mediante la detección de anticuerpos que el paciente crea contra el virus (pero que no sirven para neutralizar el virus y curar la infección y que quedan positivos de por vida como un marcador de la infección) y la detección directa de partes del VIH, sea antígenos del virus o la determinación del número de partículas de VIH que están circulando por la sangre (carga viral). Se debe tener en cuenta que desde el momento en que el virus entra en el organismo y se detectan estos antígenos/anticuerpos pasa un periodo de tiempo en que todas las pruebas son negativas, que se conoce como periodo ventana. Con las nuevas técnicas actuales, este periodo se ha reducido a 2-3 semanas después de la infección.
Hoy en día se recomienda iniciar el tratamiento antirretroviral a todos los pacientes con infección por VIH, independientemente de la cifra de CD4+ o de la carga viral. La única excepción serían los controladores de élite, que son personas que mantienen la carga viral indetectable sin tratamiento. En el resto de personas infectadas se empieza el tratamiento tan pronto como el paciente está preparado para recibirlo y se tiene la información necesaria para escoger la mejor opción posible en cada caso. Un tratamiento efectivo tiene que hacer que la carga viral sea indetectable, pero no consigue eliminar el VIH del organismo. De este modo se logra preservar/recuperar el sistema inmunitario y reducir la posibilidad de nuevas infecciones. De hecho, cuando el virus está indetectable en sangre gracias al tratamiento antirretroviral no se transmite la infección a otras personas (indetectable = intransmisible).
Existen fármacos de diferentes familias que actúan en diferentes puntos del ciclo de vida del VIH, frenando su replicación dentro del organismo. Así tenemos los inhibidores de la transcriptasa inversa análogos y no análogos de nucleósidos, los inhibidores de la integrasa, los inhibidores de la proteasa y los inhibidores de la entrada.
Actualmente, el tratamiento antirretroviral es en forma de pastillas o en forma de fármacos inyectables de acción prolongada. El tratamiento estándar es una combinación de 2 o 3 fármacos diferentes, que a menudo pueden estar coformulados en dos o un solo comprimido. En estos momentos el tratamiento antirretroviral es de por vida, ya que si el paciente abandona el tratamiento, el VIH latente en los reservorios se activará y volverá a multiplicarse. En función de los fármacos que se estén tomando habrá que vigilar la posibilidad de interacciones con otros medicamentos que reciba el paciente y puede ser necesario un seguimiento analítico o exploraciones específicas para determinados fármacos.
La infección por VIH se ha convertido actualmente en una enfermedad crónica y, con el tratamiento actual, la gente diagnosticada hoy día tiene una esperanza de vida similar a la población general. Si la persona con infección por VIH realiza correctamente los controles y toma la medicación antirretroviral puede hacer una vida completamente normal, y eso incluye tener hijos sin transmitirles la infección. Para el control de la infección se programan visitas rutinarias, habitualmente cada 3-6 meses, en las que a través de una analítica de sangre se mide la cifra de defensas (linfocitos CD4+) y la carga viral.
En esta analítica se miden también otros parámetros para tener controladas otras patologías que el paciente pudiera tener (hemograma, función renal, hepática, lípidos). Además, es posible que se hagan una serie de exploraciones complementarias específicas, como detección sistemática de enfermedades de transmisión sexual, cribado de ciertas neoplasias (cérvix, ano), de patología ósea... En las personas viviendo con VIH también pueden estar indicadas ciertas medidas preventivas como por ejemplo la vacunación contra la gripe o la enfermedad invasiva por neumococo.
La inflamación que provoca la replicación del virus en el organismo también aumenta el riesgo de sufrir enfermedades que encontramos en la población general, como por ejemplo patología cardiovascular, hepática, renal, neurológica o ciertos cánceres, pudiendo aparecer con más severidad o a edades más tempranas. Por este motivo es muy importante que las personas viviendo con VIH controlen los factores de riesgo convencionales y tengan unos hábitos de vida saludables.
Como enfermedad de transmisión sexual, el VIH se beneficia de la detección precoz y del uso de métodos de protección de barrera durante las relaciones sexuales, básicamente el preservativo masculino o femenino. Como ya se ha comentado, en los últimos años se ha estudiado el uso de la PrEP como estrategia preventiva. Esta estrategia ha demostrado una alta eficacia para evitar la infección por el VIH, pero al contrario que el uso del preservativo, tiene el inconveniente de que no protege ante otras infecciones de transmisión sexual.
En caso de la potencial exposición al VIH, se puede realizar también la profilaxis posexposición (PPE), que consiste en administrar una pauta de 3 fármacos antirretrovirales durante 28 días, pero se tiene que iniciar dentro de las primeras 72 horas tras la exposición al virus.
Habitualmente la hepatitis crónica suele tener un curso silente y producir una inflamación del hígado sin presentar síntomas importantes. Sea cual sea la causa de la hepatitis, cuando un paciente sufre una inflamación importante, esta inflamación puede superar la capacidad de regeneración del hígado. Cuando esto pasa, se pueden crear cicatrices (que reciben el nombre de fibrosis). Si un paciente tiene muchas cicatrices en el hígado, recibe el nombre de cirrosis hepática.
La hepatitis crónica es una inflamación del hígado de duración superior a los seis meses. No todas las cirrosis hepáticas están producidas por el abuso del alcohol.
Las causas más frecuentes de hepatitis crónica son:
Dos terceras partes de los pacientes no presentan síntomas de la enfermedad hasta que ya han desarrollado una cirrosis hepática. En este momento, pueden mostrar síntomas derivados de la cirrosis cómo podrían ser:
- Hipertensión portal; las cicatrices de la cirrosis hacen que el hígado esté más duro de lo normal. Por este motivo, la sangre que intenta entrar en el hígado lo hace con más dificultad, creando una situación que recibe el nombre de hipertensión portal. Los signos más típicos de esta situación son el aumento del tamaño del bazo (esplenomegalia), presencia de líquido en el abdomen (ascitis), arañas vasculares o enrojecimiento de las palmas de las manos. A su vez, la sangre que no puede entrar en el hígado de manera correcta busca caminos alternativos para pasar. Uno de los más frecuentes son las venas del esófago, que se dilatan y forman lo que recibe el nombre de varices gastroesofágicas (dilataciones venosas en el estómago y en el esófago). Algunas veces estas varices se pueden romper y producir hemorragias digestivas en forma de vómitos con sangre (hematemesis) y sangre digerida en las heces (melenas).
- Disfunción del hígado: El hígado tiene principalmente funciones de síntesis (formación de proteínas y lípidos) y depurativas. Cuando el tejido normal del hígado es sustituido por cicatrices, estas funciones se deterioran. Por una parte disminuye la producción de las proteínas que sintetiza (especialmente factores de la coagulación y la albúmina). Por otra, la función mental se deteriora porque las sustancias tóxicas se acumulan en la sangre y llegan al cerebro. En condiciones normales, el hígado las elimina de la sangre, las descompone y posteriormente las excreta en la bilis o en la sangre como subproductos inocuos.
- Algunas personas con disfunciones muy severas del hígado u obstrucciones de la vía biliar pueden presentar coloración amarillenta de la piel (ictericia), prurito y heces de color claro, grasientas y muy fétidas (esteatorrea).
- En muchas personas la hepatitis crónica no progresa durante años, mientras que en otras empeora gradualmente. El pronóstico depende, en parte, de cuál sea la causa de la enfermedad.
Las hepatitis B y C se transmiten la mayoría de las veces por contacto sexual o por adicción a drogas por vía endovenosa. La transmisión también se puede producir en el momento del parto de la madre al hijo. El contagio a través de transfusión sanguínea está hoy en día muy controlado y ya prácticamente no se produce.
La hepatitis tóxica se produce por exposición a tóxicos, algunos muy conocidos, otros por reacción no esperada a fármacos que en la mayoría de la población no causan ningún efecto adverso (idiosincrasia). El abuso del alcohol es el tóxico más frecuente.
La esteatosis hepática está directamente relacionada con el aumento de la obesidad en la población general.
El diagnóstico se basará en tres pilares:
1. Antecedentes familiares, personales y anamnesis:
Los pacientes que sufren hepatitis crónica suelen presentar antecedentes que ayudan al diagnóstico como abuso de alcohol o de drogas por vía parenteral, uso de algunos fármacos, ser hijos de madre con VHC o VHB u obesidad. En caso de personas con hepatitis autoinmune, ellas o sus familiares directos pueden padecer otras enfermedades autoinmunitarias (como diabetes, colitis ulcerosa, lupus, vitíligo, etc.).
2. Exploración física:
Los pacientes pueden mostrar signos característicos de la hipertensión portal (ascitis, arañas vasculares, enrojecimiento de la palma de las manos, circulación colateral en el abdomen). En casos de esteatohepatitis no alcohólica, los pacientes presentan sobrepeso/obesidad.
3. Exploraciones complementarias:
- Analítica general: Se pueden realizar pruebas analíticas que pongan de manifiesto la inflamación del hígado (transaminasas) y la pérdida de sus funciones sintéticas (pruebas de coagulación, albúmina) y depuradora (aumento del amonio). A su vez, se puede llevar a cabo una detección sistemática de la causa que produce la inflamación (serologías virales en caso de sospecha de enfermedad vírica, autoanticuerpos e inmunoglobulinas para la hepatitis autoinmune, cobre en orina y ceruloplasmina para la enfermedad de Wilson, etc.).
- Las pruebas de imagen (ecografía abdominal y TC) evidencian la presencia de un hígado heterogéneo con más o menos fibrosis. Si el paciente presenta cirrosis hepática se pueden ver bordes nodulares y signos indirectos de hipertensión portal (circulación colateral, esplenomegalia, etc.).
- La elastografía puede poner de manifiesto la presencia de fibrosis hepática y determinar su severidad.
- Biopsia hepática: puede servir para ayudar al diagnóstico diferencial (acumulación de cobre en la enfermedad de Wilson, hepatitis de interfase en la hepatitis autoinmune, esteatosis macrovesicular en la esteatohepatitis no alcohólica, etc.). También nos marcará el grado de fibrosis hepática/cirrosis.
El tratamiento dependerá de la causa de la hepatitis crónica
Son principalmente las pruebas analíticas para diagnosticar la causa de la inflamación del hígado y evaluar su disfunción, y la elastografía para valorar el grado de fibrosis.
La vacunación por virus A y B es el mejor tratamiento posible (incluidas en el calendario vacunal). De momento, no se dispone de vacuna para el virus C.
Los métodos anticonceptivos de barrera (el preservativo) permiten evitar el contagio de las enfermedades de transmisión sexual (entre las cuales la hepatitis B y C).
El uso de la vacunación precoz +/- gammaglobulinas contra el virus de la hepatitis B puede prevenir la transmisión del VHB de las madres infectadas a los recién nacidos. La hepatitis tóxica se previene evitando la exposición a los diferentes tóxicos implicados.
Por último, en el caso de la esteatosis hepática, la prevención se realiza mediante programas de educación sanitaria que favorezcan la mejora de los hábitos.
El trastorno del espectro alcohólico fetal (TEAF) es un síndrome que se caracteriza por déficits cognitivos, conductuales y características físicas causadas por la exposición prenatal al alcohol.
Las características del TEAF pueden dividirse en características físicas (como anomalías faciales), retraso del crecimiento, alteraciones del sistema nervioso y déficits cognitivos y/o conductuales. Un 90% de los individuos con TEAF presenta también otros trastornos psicológicos, siendo el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) el más prevalente.
Los déficits primarios del TEAF se caracterizan por la presencia de déficits de memoria, atención, problemas de aprendizaje, dificultades para el pensamiento causa-efecto, déficit de habilidades sociales y también de autorregulación emocional. Estas dificultades pueden conducir a complicaciones secundarias como fracaso escolar, problemas legales, conductas sexuales inapropiadas, consumo de sustancias, dependencia y dificultades para incorporarse al mundo laboral en la edad adulta.
A aquellas personas que han sido expuestas al alcohol durante su etapa prenatal.
Para el diagnóstico del TEAF, es necesaria tanto una exploración física como una evaluación neurocognitiva y conductual.
El tratamiento del TEAF es multidisciplinar y requiere a menudo de tratamiento combinado: psicológico y farmacológico. Los abordajes psicológicos que tienen mayor eficacia demostrada son los tratamientos basados en el entrenamiento con habilidades sociales, autorregulación emocional y pautas para padres que permitan manejar mejor los conflictos que supone tener un hijo con TEAF. Un abordaje adecuado del TEAF también requerirá de las adaptaciones pertinentes a nivel escolar.
El seguimiento psicológico incluirá tanto al paciente como a sus padres o tutores. Se dispone de tratamientos psicológicos grupales (para adolescentes y padres), tratamiento psicológico individual y terapia asistida con perros.
Las intervenciones se adaptan a la edad del niño/adolescente y a sus dificultades cognitivas. Antes de iniciar la intervención psicológica, tenemos que disponer de una evaluación neuropsicológica que nos indique cuáles son las funciones cognitivas donde el paciente presenta más dificultades con el fin de adaptar el tratamiento a sus capacidades y que sus cuidadores puedan regular sus expectativas y modificar el entorno en relación con la conducta del niño/adolescente.
Anamnesis clínica. Entrevista psicológica. Exploración neuropsicológica. Evaluación física y, en algunos casos, técnicas de resonancia magnética y electroencefalograma.
La mejor prevención para el TEAF es no consumir alcohol durante el embarazo. Los indicadores de mejor pronóstico para aquellos pacientes afectados de este síndrome son un diagnóstico precoz (antes de los 6 años) y un entorno familiar estable.
La poliomielitis es una enfermedad muy contagiosa producida por cualquiera de los tres serotipos del poliovirus humano, que forma parte de la familia de los enterovirus. Europa fue certificada como libre de poliomielitis en junio de 2002. La inmunización y vigilancia de la enfermedad continúa garantizando que se mantenga libre de poliomielitis. El síndrome pospolio no tiene un mecanismo causal definido, pero puede afectar entre el 20 % y el 80 % de los pacientes aquejados de poliomielitis.
Los síntomas iniciales son los propios de un cuadro pseudogripal (fiebre, cefalea, dolores articulares y musculares, vómitos, entre otros) y pueden durar hasta 10 días. En sus formas más graves puede llegar a producir una parálisis respiratoria que conduce a la muerte. El síndrome pospolio presenta una nueva debilidad neurológica que puede ser progresiva o abrupta sobre músculos afectos previamente o sin afectación. Puede o no acompañarse de nuevos problemas de salud como son la fatiga excesiva, dolor muscular, dolor articular, intolerancia al frío, disminución de la resistencia física, de la función y atrofia.
Afecta principalmente a los niños y el mecanismo de transmisión puede ser vía fecal-oral o a través de un vehículo común (agua o alimentos contaminados).
El síndrome pospolio afecta a pacientes con 20 años o más de evolución de poliomielitis.
Es un diagnóstico clínico complementado con pruebas de laboratorio y electromiografía (EMG).
Tratamiento sintomático con analgésicos, respirador en el caso de ser necesario, ejercicio suave y posibilidad de aparatos ortopédicos para evitar deformidades o facilitar la función.
En diagnóstico agudo el estudio de secreciones, heces y líquido cefalorraquídeo. EMG en la fase aguda y posterior para llegar al diagnóstico del síndrome pospolio.
La poliomielitis no tiene cura, pero es prevenible por medio de la vacunación.
La infección de orina es la presencia de bacterias en las vías urinarias, que normalmente son estériles. Puede afectar a las vías bajas (vejiga o uretra) o a los riñones, en cuyo caso se denomina pielonefritis. Los síntomas más frecuentes son dolor al orinar, necesidad de orinar con frecuencia o fiebre. El tratamiento suele ser antibiótico.
La infección urinaria de vías bajas se caracteriza por dolor local que aumenta al orinar y, en ocasiones, por emisión de orina a veces turbia, a veces oscura, generalmente sin fiebre.
La infección urinaria de vías altas (pielonefritis) se caracteriza por fiebre alta, dolor local intenso en la región lumbar y dolor o molestias al orinar.
La infección urinaria se caracteriza por dolor local (parte baja del abdomen o zona lumbar) que aumenta al orinar, con emisión de orina muchas veces turbia o, si contiene eritrocitos, de color oscuro.
Puede presentarse fiebre alta, especialmente si se trata de una pielonefritis (infección urinaria de vías altas).
Puede afectar a todas las edades, desde la infancia hasta la vejez. Es algo más frecuente en mujeres, y existen factores que la favorecen (embarazo en mujeres o aumento del tamaño de la próstata en hombres), así como anomalías urológicas (malformación preexistente o presencia de litiasis renal).
El diagnóstico se realiza mediante examen del sedimento urinario para detectar leucocitos y/o bacterias, y mediante cultivo microbiológico para identificar el germen causante y determinar el antibiótico más adecuado (antibiograma).
El tratamiento de la infección urinaria suele ser antibiótico. En infecciones bajas se administra generalmente por vía oral. En infecciones altas (pielonefritis) se administra habitualmente por vía intravenosa, aunque en algunos casos puede realizarse tratamiento ambulatorio por vía oral.
Las pruebas habituales incluyen sedimento y cultivo de orina (urocultivo con antibiograma). Puede estar indicada una ecografía para evaluar los riñones y vías urinarias y detectar obstrucciones o litiasis que hayan favorecido la infección.
La ecografía también permite evaluar el estado de los riñones. También puede ser indicada una analítica general para valorar la repercusión de la infección urinaria en el organismo y, específicamente, en la función renal.
La infección urinaria se previene con micciones frecuentes (cada 2-3 horas) y, sobre todo, evitando retener la orina; es importante ir al baño al notar la sensación de vejiga llena, sin esperar demasiado tiempo.
La hepatitis aguda es una inflamación repentina del hígado que puede ser causada por virus, medicamentos o tóxicos. Los síntomas más comunes son cansancio, náuseas, ictericia y orina oscura, aunque a veces pasan desapercibidos. El diagnóstico se realiza mediante pruebas de laboratorio y, en algunos casos, ecografía. La mayoría de veces se resuelve espontáneamente, pero algunas formas se previenen con vacunación.
La hepatitis aguda consiste en una inflamación aguda del hígado que hace que este no funcione de manera correcta. Habitualmente suele estar producida por virus, fármacos u otros tóxicos.
Los síntomas son muy variables y muchas veces pasan inadvertidos. Los más comunes son cansancio, poco apetito, náuseas, dolores musculares y fiebre. En ocasiones aparece tinte amarillo en la conjuntiva de los ojos y la piel (ictericia) y orina oscura (coluria). Los síntomas pueden durar entre uno y tres meses, hasta que se produce la recuperación. Las hepatitis B y C pueden cronificarse.
La hepatitis A afecta a niños y jóvenes. Gracias a las mejoras higiénico-sanitarias del país, en la actualidad es infrecuente. La podemos encontrar en pacientes que hayan viajado recientemente a países con mayor incidencia de la enfermedad así como en personas que hayan tenido contacto con ellos. Como decíamos, el mecanismo de transmisión es fecal-oral y se cura generalmente sin ninguna complicación.
La hepatitis B se transmite la mayoría de las veces por transmisión sexual o por vía sanguínea (adictos a drogas por vía endovenosa). La transmisión a través de transfusión sanguínea está en la actualidad muy controlada y prácticamente no se produce. En zonas en las que la prevalencia de la enfermedad es muy alta (países asiáticos principalmente), la manera más frecuente de transmitir la hepatitis B es de madre a hijo durante el embarazo o en el parto (transmisión vertical). En estos casos de transmisión vertical, la hepatitis B se cronifica en más de un 90% de los casos si no recibe tratamiento adecuado.
La hepatitis tóxica se produce por exposición a sustancias lesivas para el hígado. Estos tóxicos pueden ser fármacos, productos naturales u otros. En algunos casos, la asociación entre el tóxico y la hepatitis está muy bien descrita y es esperable. En otras ocasiones, se produce una reacción no esperada (idiosincrasia). Por último, hay fármacos que no producen toxicidad hepática a menos que se administren en dosis muy superiores a las normales (por ejemplo el paracetamol).
El diagnóstico es principalmente clínico (observación de ictericia, orinas oscuras) y de laboratorio (elevación de los enzimas hepáticos y determinación viral positiva).
Asimismo, durante la evolución de la enfermedad se detecta la aparición o evolución de anticuerpos específicos para cada virus que determinan la respuesta del paciente y su entrada o no en estado de cronicidad.
Con la ecografía abdominal podemos ver si hay complicaciones derivadas de la hepatitis aguda o excluir otras causas que pueden dar síntomas similares.
En general, no es necesario ningún tratamiento específico para la hepatitis aguda, salvo en algunos casos producidos por el virus de la hepatitis B y C. Es importante extremar la higiene personal para evitar el contagio a otras personas.
No se recomienda una dieta específica (siempre que se evite el consumo de alcohol). Tampoco debe hacerse reposo en cama estricto (se tiene que adecuar la actividad física al estado general del paciente).
Básicamente son analíticas que revelan el estado y evolución del hígado y la respuesta que da el paciente para la curación. También las analíticas de sangre pueden revelar la evolución a la cronicidad.
La vacunación para los virus A y B es el mejor tratamiento posible (incluidas en el calendario vacunal). No se dispone por el momento de ninguna vacuna para el virus C.
La hepatitis A se transmite por contacto fecal-oral (comida y bebida contaminada y de persona a persona). La higiene alimentaria es fundamental en este sentido.
Los métodos anticonceptivos de barrera (el preservativo) permiten evitar el contagio de las enfermedades de transmisión sexual (entre ellas la hepatitis B y C).
En países donde la enfermedad es muy frecuente, muchas mujeres embarazadas pueden sufrir la enfermedad y transmitirla a sus hijos durante la fase final del embarazo o en el parto. El uso de la vacunación precoz +/- gammaglobulinas contra el virus de la hepatitis B puede prevenir la infección del niño.
La hepatitis tóxica se previene con la precaución a la exposición de los diferentes tóxicos implicados.
El cáncer de piel es el tipo de cáncer más frecuente. Aparece cuando algunas células cutáneas sufren alteraciones y comienzan a crecer de forma descontrolada. La exposición solar acumulada es el principal factor de riesgo, aunque también influyen otros factores como la predisposición genética o el estado del sistema inmunitario.
Los principales tipos de cáncer de piel son:
El dermatólogo es el especialista encargado del diagnóstico, tratamiento y seguimiento del cáncer de piel. Su labor es clave para:
El tratamiento depende del tipo de cáncer cutáneo y de su extensión:
En los casos más graves o complejos, la decisión terapéutica se toma en el Comité de Tumores Cutáneos, formado por dermatólogos, oncólogos, patólogos, cirujanos y otros especialistas.
Si usted es remitido a la consulta especializada de cáncer de piel, debe saber que:
Una vez confirmado el diagnóstico, se explicará el tratamiento más adecuado y se planificará el seguimiento.
Las personas que han recibido un trasplante de órgano sólido y toman medicación inmunosupresora tienen un riesgo mucho mayor de cáncer de piel que la población general. Este riesgo aumenta con los años desde el trasplante. Aunque todos los tumores de piel son más frecuentes en esta población que la población general, el carcinoma escamoso es el tipo más frecuente.
La detección precoz salva vidas. El paciente trasplantado debe revisar toda su piel al menos una vez cada 3 meses, en una habitación bien iluminada y con ayuda de un espejo o de un familiar.
Debe explorarse:
Solicite cite de forma preferente al dermatólogo si observa:
La prevención es fundamental y está al alcance de todos:
La neumonía es una infección del tejido pulmonar. Puede ser producida por muchos microorganismos diferentes aunque los más frecuentes son S. pneumoniae (neumococo) y Mycoplasma. Otros microroganismos que también pueden causar neumonía son Haemophilus, Klebsiella, Staphylococcus aureus, Legionella pneumophila, Chlamydia pneumoniae y algunos virus
Se caracterizan por fiebre alta, tos, con o sin espectoración, y en muchas ocasiones dolor en el tórax, que puede aumentar con los movimientos respiratorios. A veces la expectoración tiene aspecto marronáceo o herrumbroso, situación que orienta a neumonía causada por neumococo.
La denominada neumonía atípica, causada por Mycoplasma o Chlamidia entre otros, se caracteriza muchas veces por presentar fiebre con poca sintomatología respiratoria.
Según su extensión, en el aparato respiratorio distinguimos diferentes tipos de neumonía:
La neumonía es una enfermedad muy frecuente (350.000 casos/año en España) y es una causa significativa de mortalidad en la población general. Puede afectar a todos los grupos de edad.
En la persona previamente sana constituye una enfermedad de gravedad leve o moderada, susceptible incluso de tratamiento domiciliario o ambulatorio, pero en pacientes con patología previa (inmunodeprimidos, insuficiencia cardíaca, insuficiencia respiratoria previa) es generalmente grave.
El uso apropiado de antibióticos, junto con medidas en ocasiones de soporte respiratorio (oxigenoterapia o incluso intubación), contribuyen significativamente a mejorar las posibilidades de curación en los casos más graves.
Se realiza basándonos en la historia clínica del paciente (edad, patología previa, tiempo de evolución y tipo de los síntomas), auscultación, radiografía de tórax, y práctica de cultivos de sangre y esputo para identificar el organismo causante.
También pueden detectarse antígenos en orina para neumococo y Legionella.
El tratamiento es antibiótico, basado en una estimación clínica de la posibilidad de tratarse de uno u otro germen (en muchas ocasiones se inicia inmediatamente el tratamiento sin conocer el organismo causal), para posteriormente mantenerlo o modificarlo de acuerdo con los cultivos y la evolución del paciente.
El criterio de hacer un tratamiento hospitalario o ambulatorio depende de la estimación de las circunstancias de riesgo que puedan concurrir (edad avanzada, patología previa, afectación de la función respiratoria).
En un paciente previamente sano, el tratamiento puede ser ambulatorio.
Radiografía de tórax , cultivos de sangre y de esputo o secreciones respiratorias y determinación de antígenos en orina.
La endocarditis infecciosa supone la presencia de una infección microbiana en la superficie endocárdica (la capa interna del corazón). Se trata de la infección cardiovascular más frecuente y es muy importante debido a su potencial gravedad y a que puede presentarse de diferentes formas clínicas.
La endocarditis infecciosa afecta principalmente a las válvulas cardíacas, ya sean naturales o artificiales, aunque en ocasiones puede producirse en otras estructuras del corazón. Se clasifica según el tiempo de evolución de la infección (días, semanas o meses) y según el tipo de microorganismo causante (bacterias, levaduras, hongos).
La lesión característica de la endocarditis infecciosa es la vegetación endocárdica, formada por un agregado anómalo de plaquetas, fibrina, bacterias y células inflamatorias que se adhiere a la superficie interna del corazón, generalmente en una válvula cardíaca. Esta vegetación puede desprenderse y causar embolia infecciosa en órganos distantes, como la piel, el sistema nervioso o las extremidades.
Se considera una enfermedad grave y, aunque la mayoría de los casos se curan, existe un riesgo significativo de complicaciones y mortalidad. En muchos casos, para una curación definitiva, es necesario realizar cirugía para eliminar los tejidos afectados y colocar una nueva válvula cardíaca artificial.
En su forma más aguda, la endocarditis infecciosa puede producir fiebre alta, escalofríos, prostración y deterioro general del estado de salud en pocas horas o días.
En formas subagudas, con evolución de semanas o meses, predominan cansancio, falta de apetito y fiebre poco significativa. En estos casos, también pueden aparecer manifestaciones infecciosas en la piel, como nódulos o manchas características, aunque no siempre se presentan.
En pacientes con grave afectación valvular, puede desarrollarse insuficiencia cardíaca, con síntomas como dificultad respiratoria importante y aparición de edemas en las extremidades inferiores.
La endocarditis infecciosa tiene una incidencia global de 2-3 casos por cada 100.000 habitantes/año. En Cataluña se estiman unos 200 nuevos casos anuales. Sin embargo, su incidencia aumenta con la edad, alcanzando 15-30 casos por cada 100.000 habitantes/año en mayores de 65 años, es decir, 10 veces superior a la de la población más joven.
La causa de la endocarditis infecciosa ha cambiado en las últimas décadas. Antes, el estreptococo viridans era el agente causal más frecuente. Actualmente, los más comunes son estafilococos, seguidos de estreptococos y enterococos. No obstante, cualquier microorganismo presente en sangre puede adherirse a una válvula cardíaca, especialmente si esta tiene lesiones previas o es artificial.
El diagnóstico de la endocarditis infecciosa se basa principalmente en:
Hemocultivos: permiten identificar el microorganismo causante y seleccionar el antibiótico específico más adecuado.
Ecocardiografía: localiza las vegetaciones endocárdicas, evalúa la función de la válvula afectada y ayuda a determinar la necesidad de cirugía.
En algunos casos, pueden realizarse otras exploraciones (TAC, gammagrafías) para descartar embolia periférica, frecuente al momento del diagnóstico o durante el tratamiento.
El tratamiento es antibiótico, dirigido específicamente al microorganismo causante. Las dosis son altas y prolongadas, ya que las vegetaciones tienen escasa vascularización y el antibiótico debe penetrar por difusión desde la sangre.
En pacientes que no responden adecuadamente o que presentan daños valvulares significativos, puede ser necesaria la cirugía de recambio valvular.
Hemocultivos y ecocardiografías, tanto al momento del diagnóstico como para monitorizar la evolución de la enfermedad.
En personas con alteraciones valvulares conocidas, se recomienda profilaxis antibiótica antes de intervenciones dentales o en las encías, siguiendo indicación médica.
También se deben tomar medidas preventivas durante endoscopias, especialmente digestivas altas (gastroscopia), según la pauta que indique el médico.
Esta prevención es crucial, ya que la presencia de bacterias en sangre como consecuencia de estas intervenciones aumenta significativamente el riesgo de endocarditis infecciosa.
La otitis es una inflamación del oído que puede afectar el conducto externo o el oído medio. Es frecuente en niños y suele asociarse a baños en piscinas o a infecciones respiratorias. El dolor es el síntoma principal y el tratamiento depende del tipo y la causa.
Hay dos tipos de otitis, muy diferentes, que pueden sufrir los niños: la otitis externa y la otitis mediana.
La otitis externa afecta el conducto auditivo y se relaciona, sobre todo, con exposición a agua de piscinas y baños en agua dulce en general. Es más frecuente en verano.
La otitis mediana se relaciona con infecciones de las vías respiratorias altas, y a su vez puede ser autolimitada (se resuelve por sí sola, como pasa en la mayoría de los casos) o purulenta tributaria de tratamiento antibiótico. Es más frecuente en invierno.
a) Otitis externa: dolor de oído, sobre todo al tocar el pabellón auricular; a veces con secreción purulenta, pero originada en el mismo conducto. b) Otitis mediana: habitualmente hay un cuadro respiratorio catarral previo, que de repente se acompaña de dolor (en niños pequeños la manifestación puede ser llanto intenso), con fiebre o sin fiebre. No hace daño al movilizar el pabellón auricular. A veces se produce una perforación del tímpano debido a la inflamación y la presión, y sale una secreción purulenta, generalmente asociada a desaparición del dolor (y el llanto).
a) Otitis externa: niños que se bañan a la piscina u otro dispositivo de agua dulce y en los que se utilizan escobillones para "limpiar" (eliminar cerumen) los conductos auditivos. Es más habitual en niños grandes y adolescentes.
b) Otitis mediana: sobre todo a lactantes y niños pequeños que tienen un resfriado, este es vírico, pero ocasionalmente puede dar lugar como complicación una infección del oído mediano por bacterias.
En los dos casos es clínico: antecedentes, valoración de la sintomatología y exploración mediante otoscopia.
a) Otitis externa: evitar exposición a agua dulce y secar con aire fresco (secador) después de los baños; gotas oticas de antiséptico o antibiótico eficaz frente a Pseudomonas aeruginosa (la bacteria causal común); en determinados casos puede ser interesando la limpieza cuidadosa del conducto auditivo porque el tratamiento tópico (las gotas) actúen adecuadamente.
b) Otitis mediana: en casos leves, sin signos de ser purulenta, es suficiente analgésico para el dolor; si se diagnostica una otitis mediana aguda purulenta en un niño, es conveniente tratarlo con antibióticos sistémicos (por vía oral) activos frente a las bacterias habitualmente responsables de estos cuadros (neumococo, estreptococo A, Haemophilus influenza no cápsula)
Exploración ortoscópica. Ocasionalmente, si hay supuración, cultivo del exudado.
a) Otitis externa: secado adecuado (mediante aire) del conducto después de los baños; en casos de episodios repetidos, es útil la instalación de gotas de ácido acético al 1-2% antes de los baños, además de la posterior. b) Otitis mediana: la lactancia materna, las vacunas habituales del calendario oficial, y evitar la exposición al humo del tabaco son las principales medidas preventivas.
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