La edad y el tipo de tratamiento pueden ayudar a determinar el riesgo de reactivación de la esclerosis múltiple después de interrumpir la terapia

Un estudio de Vall d’Hebron, realizado en el Cemcat, muestra que el riesgo de actividad inflamatoria aumenta después de interrumpir el tratamiento, pero se reduce considerablemente en personas de más de 60 años.

14/09/2026

Un trabajo liderado por Vall d’Hebron, realizado en el Centro de Esclerosis Múltiple de Cataluña (Cemcat), ha analizado el riesgo de reactivación de la esclerosis múltiple después de interrumpir los tratamientos modificadores de la enfermedad. Los resultados muestran que dejar el tratamiento aumenta el riesgo de presentar actividad inflamatoria, principalmente detectable mediante resonancia magnética, pero este efecto se reduce considerablemente en las personas de más de 60 años. El trabajo se ha publicado en la revista Journal of Neurology, Neurosurgery & Psychiatry.

Los tratamientos modificadores de la enfermedad (DMT, por sus siglas en inglés) son una parte fundamental del tratamiento de la esclerosis múltiple, ya que reducen la actividad inflamatoria y el riesgo de nuevas lesiones y brotes. Sin embargo, con la edad, la actividad inflamatoria de la enfermedad tiende a disminuir, mientras que aumentan algunos de los riesgos asociados a algunos tratamientos, como las infecciones. Por este motivo, en personas de edad avanzada y con una enfermedad estable se plantea la posibilidad de interrumpir el tratamiento.

En personas mayores con esclerosis múltiple nos encontramos ante una decisión clínica compleja: continuar un tratamiento que puede tener menos beneficio a medida que avanza la edad, pero que también puede comportar riesgos, o interrumpirlo asumiendo la posibilidad de que reaparezca actividad de la enfermedad. Este estudio nos ayuda a identificar qué factores pueden ser más importantes a la hora de tomar esta decisión”, explica el Dr. René Carvajal,  primer autor del estudio e investigador del grupo de Neuroinmunología Clínica del Vall d’Hebron Instituto de Investigación (VHIR) y del Cemcat.

Hay más actividad inflamatoria después de interrumpir el tratamiento

Para estudiarlo, el equipo investigador ha analizado datos de 563 personas con esclerosis múltiple con una edad de 50 años o más que habían recibido tratamiento modificador de la enfermedad. De estas, 113 interrumpieron el tratamiento. Los investigadores compararon estas personas con un grupo de pacientes con características similares que continuaron la terapia, teniendo en cuenta factores como la edad, el sexo, el tipo de tratamiento, la duración de la enfermedad, el tiempo que hacía que no presentaban actividad inflamatoria y el grado de discapacidad.

Los resultados muestran que las personas que interrumpieron el tratamiento tenían aproximadamente el doble de riesgo de presentar actividad inflamatoria posteriormente. Esta actividad se detectó sobre todo mediante la resonancia magnética, con la aparición de nuevas lesiones, y no necesariamente a través de nuevos brotes o síntomas.

En concreto, se observó actividad inflamatoria en la resonancia magnética en el 24,7% de las personas que interrumpieron el tratamiento, frente al 13,6% de las que lo continuaron. Las tasas de brotes, en cambio, fueron similares entre los dos grupos.

El riesgo de reactivación disminuye después de los 60 años

Uno de los principales resultados del estudio es que la edad modifica de manera significativa el riesgo asociado a la interrupción del tratamiento. En las personas de 60 años o menos, interrumpir el tratamiento se asoció con un riesgo de reactivación inflamatoria casi cuatro veces superior al de continuarlo. En cambio, en las personas de más de 60 años, este incremento del riesgo fue mucho más reducido.

Los resultados sugieren que la edad es un factor especialmente relevante a la hora de valorar una posible interrupción del tratamiento. No quiere decir que a partir de los 60 años sea recomendable dejarlo, sino que el riesgo de reactivación inflamatoria asociado a la retirada parece ser menor. La decisión debe tomarse de manera individualizada, teniendo en cuenta también el tipo de tratamiento, la actividad previa de la enfermedad y las características de cada paciente”, destaca la Dra. Mar Tintoré, jefa asistencial del Servicio de Neurología del Hospital Universitario Vall d’Hebron y del Cemcat, e investigadora principal del grupo de Neuroinmunología Clínica del VHIR.

El estudio también ha analizado si el tiempo que los pacientes llevaban estables antes de interrumpir el tratamiento modificaba el riesgo de reactivación. Aunque la mayoría de los pacientes habían estado varios años sin brotes ni actividad en la resonancia magnética, la duración de este periodo de estabilidad no se asoció de manera independiente con un menor riesgo de reactivación. Esto sugiere que la edad y el tipo de tratamiento pueden ser factores más informativos que el simple número de años de estabilidad.

Los tratamientos anti-CD20 presentan una baja actividad después de la interrupción

Los investigadores también observaron diferencias según el tipo de tratamiento. En las personas que interrumpieron los tratamientos anti-CD20, como ocrelizumab, rituximab u ofatumumab, no se registraron brotes durante el seguimiento y un 8,7% presentó actividad en la resonancia magnética. En comparación, la actividad en la resonancia fue del 27,3% después de interrumpir tratamientos de primera línea.

Estos resultados deben interpretarse con cautela, ya que el número de personas que interrumpieron algunos tipos de tratamiento, especialmente los anti-CD20 y los anti-tráfico, fue reducido. Por este motivo, los autores señalan la necesidad de disponer de cohortes más amplias para confirmar estas diferencias.

Sin diferencias significativas en la progresión de la discapacidad a medio plazo

Otro de los objetivos del estudio era determinar si interrumpir el tratamiento se asociaba con una mayor progresión de la discapacidad. Durante el periodo de seguimiento analizado, no se observaron diferencias estadísticamente significativas entre las personas que interrumpieron el tratamiento y las que lo continuaron.

Aun así, los investigadores observaron una proporción numéricamente superior de empeoramiento de la discapacidad entre las personas que habían interrumpido el tratamiento (38,2% frente al 30,5%). Por tanto, los resultados no permiten descartar que la interrupción pueda tener consecuencias sobre la progresión de la discapacidad a más largo plazo, especialmente porque en las personas de edad avanzada esta progresión puede estar relacionada con mecanismos independientes de la inflamación.

Los autores consideran que los resultados pueden contribuir a avanzar hacia estrategias de tratamiento más individualizadas en personas mayores con esclerosis múltiple, equilibrando los posibles beneficios de los tratamientos modificadores de la enfermedad con los riesgos asociados a su uso prolongado. En cualquier caso, señalan que son necesarios estudios con un seguimiento más largo para determinar el impacto de la interrupción del tratamiento sobre la progresión de la discapacidad a largo plazo.

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