Somos la suma de cuatro hospitales: el General, el Infantil, el de la Mujer y el de Traumatología, Rehabilitación y Quemados. Estamos ubicados en el Vall d'Hebron Barcelona Hospital Campus, un parque sanitario de referencia internacional donde la asistencia es una rama imprescindible.
El paciente es el centro y el eje de nuestro sistema. Somos profesionales comprometidos con una asistencia de calidad y nuestra estructura organizativa rompe las fronteras tradicionales entre los servicios y los colectivos profesionales, con un modelo exclusivo de áreas de conocimiento.
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La apuesta por la innovación nos permite estar en vanguardia de la medicina, proporcionando una asistencia de primer nivel y adaptada a las necesidades cambiantes de cada paciente.
La urticaria es una afección que provoca habones con picor intensa y, en ocasiones, angioedema. Aunque la mayoría no se deben a una reacción alérgica, puede afectar de manera importante a la calidad de vida.
La urticaria se produce cuando unas células de la piel llamadas mastocitos se activan y liberan sustancias como la histamina y otros mediadores inflamatorios. Esto provoca picor con enrojecimiento y la aparición de habones, o bien angioedema cuando la inflamación afecta a capas más profundas de la piel. Además de los mastocitos, intervienen otras células del sistema inmunitario (linfocitos, eosinófilos, neutrófilos, basófilos y macrófagos) que contribuyen a la inflamación y al picor.
Esta activación puede desencadenarse por múltiples factores y, en muchas ocasiones, no se llega a identificar una causa clara.
¿Cómo son las lesiones y qué diferencias hay entre ellas?
Habones: inflamación superficial bien delimitada, de tamaño y forma variables, de color rosado o rojizo, que puede aparecer en cualquier parte de la piel. Suele provocar picor y, en ocasiones, sensación de escozor o quemazón. Estas lesiones son transitorias: aparecen y desaparecen en minutos u horas sin dejar marcas en la piel.
Angioedema: inflamación profunda de aparición súbita, de color rosado o del color de la piel, que afecta a la dermis profunda, el tejido subcutáneo o las mucosas. Suele acompañarse de hormigueo, escozor, sensación de tensión o dolor, siendo menos frecuente el picor. Su evolución es más lenta que la de los habones y puede tardar hasta 72 horas en resolverse.
Esta activación puede desencadenarse por múltiples factores, como infecciones (a menudo respiratorias), medicamentos (especialmente antiinflamatorios), estímulos físicos (frío, calor, presión), alimentos o el estrés. No obstante, en muchas ocasiones no se identifica una causa clara.
En otros casos pueden influir infecciones persistentes, enfermedades tiroideas u otros procesos inflamatorios, aunque esto es menos frecuente. También existen factores que no son la causa directa, pero pueden empeorar los síntomas, como algunos fármacos, el estrés o determinados alimentos.
Aguda: menos de 6 semanas de duración.
Hasta un 20% de la población puede presentar algún episodio de urticaria a lo largo de su vida. En ocasiones, estos episodios pueden deberse a una verdadera alergia (a alimentos, medicamentos, picaduras de insectos, etc.). No obstante, la mayoría de los casos de urticaria aguda no se deben a una alergia, sino a la combinación de diversos factores.
Crónica: más de 6 semanas de duración con síntomas diarios (o casi diarios) o intermitentes/recurrentes.
La urticaria crónica se clasifica en:
Es el tipo más frecuente de urticaria crónica y se caracteriza porque los síntomas aparecen sin un desencadenante claro identificable.
En más del 50% de los pacientes el origen es autoinmune; es decir, el propio sistema inmunitario activa los mastocitos mediante anticuerpos (IgE o IgG) dirigidos contra el propio organismo. En algunos casos pueden influir infecciones persistentes, enfermedades tiroideas u otros procesos inflamatorios, aunque esto es menos frecuente. También existen factores que no son la causa directa, pero pueden empeorar los síntomas, como algunos fármacos (especialmente los antiinflamatorios no esteroideos), el estrés y los cambios hormonales.
En un 30–50% de los casos, es una enfermedad autolimitada, es decir, puede desaparecer espontáneamente en aproximadamente 12 meses.
Aparece en el lugar donde se ha aplicado un estímulo externo.
Según el estímulo externo, existen varios tipos:
El diagnóstico es principalmente clínico, basado en la historia del paciente y la exploración física. Es fundamental una entrevista detallada para identificar posibles desencadenantes, conocer la evolución de los síntomas y valorar el impacto en la calidad de vida.
Dado que las lesiones son transitorias, es muy útil revisar fotografías aportadas por el paciente.
El objetivo del tratamiento es conseguir el control de la enfermedad, teniendo en cuenta la seguridad y la calidad de vida del paciente.
Como tratamiento de primera línea se utilizan los antihistamínicos H1 de segunda generación (no sedantes), que pueden aumentarse hasta dosis cuadruplicadas si es necesario, siempre bajo indicación médica.
Además, en los pacientes en los que se identifican desencadenantes, es importante evitarlos (antiinflamatorios no esteroideos, frío, presión u otros estímulos físicos, etc.).
El control de la enfermedad y la respuesta al tratamiento se valora mediante herramientas como:
En caso de falta de respuesta al tratamiento con antihistamínicos, existen otros tratamientos que deben ser valorados por el médico (omalizumab, ciclosporina A, dupilumab, inhibidores de BTK u otros inmunomoduladores).
Únicamente se recomienda el uso de corticoides sistémicos durante períodos cortos en las exacerbaciones agudas de la urticaria crónica espontánea. No es predecible cuánto tiempo el paciente necesitará tomar la medicación de forma continuada. El objetivo es controlar los síntomas con un tratamiento seguro durante el tiempo que sea necesario, que puede ser entre uno y cinco años y, excepcionalmente, más tiempo. Algunos pacientes presentan varios episodios de urticaria crónica a lo largo de la vida.
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